Decidí que esta tenía que ser una entrada única para contarte cómo es que un buen día me decidí a empezar a correr.
Pero para eso, tengo que hacer un poquito de background; lo cual se resume en esto: la mayor parte de mi vida ha sido una lucha constante por aceptarme como soy. Ha sido un camino súper difícil y una de las cosas en las que siempre me enfoqué fue en mi peso. Porque obvio, a alguien que le encanta comer y no se ejercita, pues cómo piensas que le va a ir? Exacto!! So, finalmente decidí luego de visitar a cientos de nutriólogos, bariatras, chocheros, de esos que te ponen agujas y demás, hacer las cosas como debía hacerlo: más que preocuparme por mi peso, empecé a preocuparme por mi salud.
Y no, no crean que de la noche a la mañana la inspiración llegó del cielo, me iluminó una estrella y decidí hacer un cambio. Para nada, dear. Un buen día de la nada me vino un dolor de cabeza espantoso. De verdad, horrible. Todo me empezó a dar vueltas, me dieron náuseas, sentí que me iba a desmayar... en fin. Para no hacerte el cuento largo, terminé con un cardiólogo, con la presión en el cielo, y acabé con un endocrinólogo que me mandó a hacer mil estudios luego de hacerme una serie de preguntas acerca de todo (y de verdad, TODO) mi estilo de vida. El resultado? Un "detallito" con la insulina que tenía que manejar a través de medicamento y cambios alimenticios, lo cual me ayudó a por fin empezar a ver cambios de manera favorable en mi persona.
Luego de que el endocrinólogo me dio de alta, busqué asesoría con una nutrióloga para que me siguiera ayudando y ese ha sido mi caminar hasta el día de hoy, pero ya no súper traumada y preocupada por la forma en que me veo, sino por cómo me siento yo. Porque luego de muchos años estoy empezando a comprender que al final ese es el éxito de sentirte bien, sentirte a gusto con tu piel. Que los estándares de belleza impuestos están de la madre y te quieren hacer perseguir algo que solo va a lograr que te frustres, te odies y abandones la misión. Pero eso ya será otra historia.
En este inter donde empecé a asesorarme con una nutrióloga, fue que navegando en la red descubrí un programa de entrenamiento para correr cinco kilómetros en tan solo unos meses. Jamás había considerado correr, jamás había estado entre mis planes y jamás hubiera pensado que iba a ser una actividad que seguiría haciendo hasta el día de hoy. El programa que encontré se llamaba "From Potato Couch to 5K" y luego de haberme reído mucho con el título, me propuse intentarlo.
Al día siguiente agarré unos tenis viejos que tenía por ahí, unas licras, una playera enorme, mi Ipod pequeñito y en el parque que estaba junto a casa de mis papás empecé con ese programa. Al principio trotaba cien metros y me faltaba el aire, me dolían las piernas junto con todo el cuerpo y no entendía lo que me estaba pasando, y la neta no me creí capaz de poder avanzarle mucho a mi nuevo proyecto. Pero decidí no renunciar a él y seguir, paso a paso, y luego de quince minutos (porque el primer día solo eso decía el programa que hiciera) me sentí triunfadora y orgullosa de mí misma por haberlo terminado aunque también sintiera que iba a desfallecer en cualquier momento. Y decidí que esa sensación (no la de desfallecer, la otra!) era algo súper chingón y quería seguir sintiéndolo.
Y ahora que les cuento que la primera vez que corrí lo hice alrededor de un parque, debo confesar algo. Cuando me aventuré a iniciar ese primer día ahí no fue por gusto, o por cercanía, o porque daba mucha sombra durante el día. No fue así. Ni siquiera es tan grande, si mal no recuerdo la vuelta completa son aproximadamente 250 metros, lo cual si tuviera que correr varios kilómetros se volvería muy, pero muy aburrido en un ratito.
Decidí hacerlo en ese lugar porque no me sentía merecedora ni digna de correr en el bulevard, el lugar en donde todos entrenan, corren, se preparan para carreras importantes, dejan medio corazón y alimentan el espíritu con cada paso. Yo no sentía que podía hacerlo ahí. Por qué? Porque según yo no era como ellos. Porque no me veía como ellos. Porque no tenía la velocidad que tenían ellos. Porque seguramente se burlarían de mí. Porque no sabía correr. Porque mis inseguridades eran más grandes que yo y podían controlarme en esos momentos. Entonces, mi lugar seguro fue ese parque. Mi refugio. El espacio en donde si me sofocaba, o me cansaba, o me daba un calambre no me juzgaría nadie, ni me dirían que no estoy hecha para eso, o que mejor pensara en hacer otra cosa porque eso de correr no era para mí. Les pasó en alguna ocasión? Les pasan por la cabeza pensamientos así?
Confieso que hasta el día de hoy de repente ese tipo de ideas se apoderan de mí, pero esas ya serán otras historias. Este día, quería compartirles el primer día que me decidí a correr. Y como les dije en la entrada pasada, no se necesita más que voluntad para hacerlo. Y puede que de ahí inicie una historia de amor inolvidable.
Nos vemos pronto :)
Nos vemos pronto :)